Café

10 06 2010

La mirada atravesó el cristal. Se clavó en la espalda del camionero, luego siguió su recorrido, hacia las piernas de la camarera, y de ahí a la máquina de discos.

El cuerpo atravesó el umbral. Se encontró en semipenumbra, acalorada. Sonaba un oldie americano de los sesenta, un poco casposo, en la máquina de discos. El camionero se volvió. Tenía cara de pocos amigos y una colilla en los labios. Daba un poco de miedo, era como un malo de novela, un camionero loco secuestrador. La camarera no se volvió. Debía estar más que harta de clientes, por la hora que era. Más de las dos de la noche. La mirada corroboró la primera impresión, las piernas de la camarera eran esculpidas en mármol blanco. Pelirroja. Esas son las peores.

El cuerpo se sentó en una mesa libre. La mente empezó a fantasear con la camarera. La voz pidió un café. La camarera se acercó, alimentando con su andar las fantasías de la mente. Dejó una taza de porcelana blanca y lisa en la mesa y sirvió café. El café olía bien. La mente recordó otro café, en otro bar, en otro tiempo, en otra compañía. Recordó al genio de gafas, la chica de rizos, el humo del cigarrillo que entonces fumaba. El alma se agitó, convulsionada de repente por un sentimiento de nostalgia.

Las manos llevaron el café a la boca. Sabía bien. La mente se dejó deslizar entre la música casposa, la mirada desconfiada del camionero, la indiferencia de la camarera. Deseó no haber dejado de fumar. Dios, el cigarrillo con el café reciente era lo mejor del mundo. El café solo no estaba mal, pero no era lo mismo. El humo del cigarrillo te hacía sentir etéreo, fuera del mundo, brevemente ausente de lo material. El rito. Eso era lo que te aportaba el cigarillo. Por lo demás, una porquería.

El cuerpo se acomodó en el asiento, para hacer placentero el recorrido de la mente. El café bajó por la garganta, y llegó al estómago. Y de ahí, en poco, al cerebro. El cerebro se despertó, se  agudizaron los sentidos. El pensamiento se hizo incisivo y vital.

En ese sentimiento de vitalidad le  sorprendió el descubrimiento. De manera extraña, el cuerpo pareció confluir con la emoción. El cuerpo empezó a sentir los pensamientos. Hizo la emoción asociada suya, se dejó llevar. La mente se unió al canto repentinamente, cuerpo, emoción, mente. Todo vibró en consonancia.

Durante un segundo, le pareció estar fuera de la realidad. Fuera del oldie casposo, fuera de la mirada turbia del camionero, fuera de las ensoñaciones. Le pareció estar fuera de la realidad pero en realidad más en ella. De alguna forma sorprendente, se integró con lo que le rodeaba. La mente dejó de ser mente para ser café. El cuerpo dejó de serlo para ser emoción,  y la emoción le arrastró en un torbellino vertiginoso hacia arriba, en espiral, hacia arriba. Sintió todo en un instante. Se mareó, volvió a ser cuerpo, mente, emoción, separados y en eterna disputa. Volvió a lo de siempre.

Vaya, buen café. Volvería.

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