María encontró un lugar. Un lugar en el que esconderse. Cuando se aburría de la gente, o no se aguantaba a sí misma, se iba al escondite. Cuando necesitaba un respiro, cuando la presión y la información eran excesivas, buscaba su escondite. Estaba segura de que algunos dirían que era cobarde, que no había que esconderse, pero María pensaba que el que no se escondía nunca se volvía loco.
Se volvía loco y se acostumbraba a estar siempre expuesto. A estar medio exasperado con el mundo, medio agobiado por las cosas, y un poco histérico de vez en cuando, pero se sentía orgulloso porque resistía, igual que las montañas aguantan las tempestades. Pero amigo, pensaba María, las montañas sólo son fuertes porque lo son. Los seres conscientes (algunos humanos y otros está por demostrarse) necesitan la escapada. Son volubles. Son emocionales, son frágiles. Pero en este sistema en el que estamos inmersos se necesitan seres fuertes, que aguanten el chaparrón, la presión. Se fuerte y serás feliz. Se fuerte y te comerás el mundo. O el mundo se te comerá como te descuides. El mundo se te subirá a la cabeza, el mundo y sus múltiples e importantes valores, el mundo y sus muchos imaginarios triunfos. Se te subirá el mundo a la cabeza, y entonces estarás perdido, porque sólo existirá mundo en tu cabeza, y el mundo será el rasero por el que midas todas tus victorias y derrotas.
María ya estuvo loca. Ya pasó por eso. Ya pasó por las victorias imaginarias, el sentirse importante por una tontería. Pero la vida era cruel (o eso nos creemos), y era difícil vencer. Así que te queda el seguir luchando sin fin, algunas veces la vida te da lo que esperas, otras (muchas) no. Te queda seguir luchando hasta la extenuación o caer en la cuenta. Y ella cayó en la cuenta.
Locos. Todos. Un mundo lleno de vida consciente, lleno del universo que se mira a sí mismo, pero no se da cuenta. Lleno del universo que se mira a sí mismo, pero se complica, se involucra, se enreda en mil cosas accesorias, se enreda en supuestos logros y en la importancia de tu supuesta individualidad. Lleno del universo que se mira a sí mismo pero que se ha quedado ciego. Ya no se ve, sólo ve el reflejo de lo que es, deformado, y no se da cuenta de que ese reflejo no es real. Algo existe tras ese reflejo, pero lo hemos olvidado. Somos el universo que se mira a sí mismo. Somos la consciencia que está más allá de ese mundo que nos habita la cabeza. ¿Cómo es que no lo vemos, entendemos, sentimos?
Ella ya pasó por eso. Lo ha probado. Ha notado sus efectos. Ha notado que la preocupación te aisla del mundo real. Ha notado que toda la basura mental te confunde y te hace parecer un día poderoso y seguro, otro día débil y tímido, otro desquiciado. Nubes. Nubes pasando por el cielo. Algunos días son nubarrones (la mayoría para la mayoría de la gente), otros días hay pocas y el sol puede empezar a lucir. Y María había descubierto que, en su escondite, las nubes desaparecían. El mundo desaparecía de su cabeza. El mundo la dejaba tranquila, y ese rato en su escondite podía estar sin el mundo. Podía estar consigo misma, pero con la real, con la María real, no con la circunstancia que se desprendía de su paso por el mundo.
Estás en el mundo, pero no dejes que el mundo se te suba a la cabeza. No dejes que el mundo te confunda y te marque lo que eres y lo que no eres, lo que te hace feliz o infeliz. Estás más allá de eso, tu ser verdadero está más allá de eso, pero no lo sabes. Escapa. Sal un rato del mundo. Deja al mundo un rato fuera de tu cabeza. Búscate un escondite. Hay muchos, sólo hay que buscarlo. Hay uno dentro de cada uno. ¿Encontraste el tuyo? María si.
Dicen que…