Padre nuestro que sigues en los cielos

16 07 2009

ay

Mal. Muy mal. Somos pocos, y cada vez quedamos menos. Luchamos contra las adversidades, aprendemos maneras de seguir la corriente de las cosas lo mejor que podemos, sin resistirnos. Si viene el huracán nos doblamos como el junco en lugar de quedarnos firmes como el roble. El resultado es el mismo, acabamos muertos y arrancados de la tierra vida, pero nos duele menos.

Era otro día otro más. Llegó como siempre, a su hora, se tomó el café con nosotros, como todos los días. Estaba pasando una mala racha, andaba decaído. Él era uno de nosotros. Luchaba contra el aburrimiento que tan comunmente se apodera de las ratas de moqueta de oficina. Seguía intentando poner ilusión en las cosas, era cordial y nunca le oirías quejarse ni gritar. Pero… Últimamente no era el mismo. Andaba distraído, con mirada triste, el porte abatido. No se reía como antes, parece que algún vampiro de alegría le había chupado un poco de sonrisa. Bajaba la vista a menudo, pero no como el que sabe de qué va el asunto, sino como el que no está aquí, está ausente, distante.

Se sentó como siempre tras el café, leyó sus correos, hizo un par de llamadas, escribió un último correo, dirigido a los de siempre, a los que ya nos conocemos tanto que no hace falta ni disculparse, a los que pudimos y los que no pudimos, a los que fueron y a los que no.

“Queridos compañeros,

Ha llegado la hora. Hace mucho que la veía venir, pero me he negado a aceptarlo. He hecho como que no me daba por enterado, no he terminado asuntos, dejo cosas sin decir, halagos que entregar, cuentas por ajustar.

Lo he intentado. Todos lo hacemos, naturalmente, pero hay un punto que, una vez que se rebasa, tu mente no es capaz de remontar el vuelo, y entra en barrena. Hay un momento en que la subida empieza a ser bajada, y, al coger velocidad, hay un punto que ya no puedes detenerte. Y sólo te queda esperar el brutal choque, el brusco final. Mientras llegas, aún algunos consiguen preparar la caída, y se hacen la ilusión de que caerán sobre un blanco colchón de previsión. Pero lo cierto es que estás cayendo, y te harás más o menos daño al llegar abajo, pero lo cierto es que estás abajo. Y de abajo, de esa profundidad de la que algunos sabéis, cuesta salir. Y si estás agotado, si no puedes más, si respirar te supone un esfuerzo, te quedas abajo. Y dejas pasar la vida, hasta que llega un punto que, cansado también de dejar pasar, expiras, y llega el final.

Gracias a todos los que me prestásteis vuestra simpatía y vuestra presencia.

Hasta siempre.”

Pulsó “Enviar”, puso el fuera de oficina, se levantó y se acercó a la ventana más próxima. La abrió, se subió al marco, miró hacia abajo, luego hacia arriba y saltó al vació.

El funeral es mañana. Estamos todos muy afectados. Algunos están hasta un poco enfadados, como si hubiera sido descortés por su parte suicidarse. La verdad es que se podría haber esperado a que hubiéramos vuelto de las  vacaciones. En fin.


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