No se si os habéis dado cuenta, pero, vivir es muy raro. Bueno, a lo mejor raro no es la palabra. Quizá sea más bien qué complicado.
Lo que ayer te seducía hoy te causa pavor. La creencia inalterable que tenías tirada por tierra por una frase oportuna. Lo difícil que es convivir con todo ese miedo, acechando, detrás de cada actuación. Lo que hoy resulta ser tan importante te aterraba ayer. El reencuentro con viejas constumbres que habías olvidado. Mil y un aguacero, y sigues creyendo que algún día dejará de llover. La increíble resistencia al cambio, a la vida. La lucha de cada jornada. La insistencia del querer olvidar, en lugar de seguir con lo siguiente, con lo que está por venir. Vivir cada momento en ese momento, sin tener la cabeza en otros momentos. Barrer la casa de vez en cuando. Mirar por la ventana cuando llueve. El calor de tu hogar, del sitio que es ya para siempre especial. Descubrir que un hijo de vuelve a enseñar. Aterrizar abollado, pero entero. Saber que voy a llegar. Saber que puedo. Acojonarme de cuando en cuando. Luchar contra la incesante sed, luchar contra el implacable deseo, notar que avanzas, que lo estás haciendo bien. Otra vez culpable. Otra vez en otra parte. Notar que vuelves, que estás para quedarte. Que ya nada va a conseguir que te tumbe, porque has crecido. Porque eres más fuerte. Porque no quieres volver a caer. Porque sabes que ya es suficiente. Demasiada mierda en la cabeza. Fuera. No queda nada más que lo que hay, lo que es.
Y, ¿sabes qué? No está tan mal.
Dicen que…