The End

24 02 2009

mandala2

Empezó como un dedo de la mano que parecía que se dormía, sin sensibilidad, pero sin la sensación de hinchazón típica. Luego eso se fue. Al cabo del tiempo apareció de nuevo en un pie. Duró sólo unos días, pero fue muy molesto. Al no sentir nada del pie era como si no lo tuviera. Le costaba andar, porque tenía miedo de torcerse el tobillo al no sentirlo. De nuevo, desapareció. Un año más tarde le pasó con la mitad de la cara. La mitad izquierda de la cara se le quedó paralizada. No podía moverla ni sentía nada. Falta de vitaminas, estrés, decían. Esto tardó más en irse, y se fue poco a poco, sin hacer ruido.

Y un día… Un día se levantó de la cama. Todo parecía normal. No se sentía bien, pero tampoco mal. No le dolía nada (del cuerpo), pero no sabría decir cómo estaba de ánimo. Simplemente, no sentía. Todo parecía funcionar como siempre, pies, manos… Se miró al espejo. La cara bien también. No, su cuerpo parecía estar bien. Pero su alma…

No sentía las emociones. No tenía emociones. Se levantó, se duchó y se vistió como todos los días. Pero no le asaltaron los pensamientos de cansancio ante la rutina, la repetición, que hasta que se despertaba del todo no solían desaparecer. Al ir a trabajar no experimentó el habitual pequeño placer que experimentaba al conducir. Cuando se tomó el café no sintió el agradable líquido caliente pasando por su garganta. Al enfrascarse en su tarea tampoco le inundó ese ligero desánimo ante la perspectiva de todo el trabajo que quedaba por hacer ese día. Cuando habló con los compañeros de oficina tampoco notó la sempiterna ansiedad que marcaba casi todas sus relaciones sociales. Y así, con cada cosa, buena y mala, hasta que se acostó esa noche, con el terror en la boca del estómago. ¿Qué me está pasando?

Al día siguiente se levantó normal. Sentía emociones. Volvió a sentir el abatimiento del despertar. Volvió a sentir el café en la lengua. Volvió a sentir. Todo.

Esa noche, maravillado, en la semi-oscuridad del salón, pensó en la cantidad de emociones que sentía cada día. Pensó en que le solían pasar desapercibidas, que se dejaba embaucar por ellas. Se dió cuenta de que esas emociones le creaban pensamientos sobre los que rumiaba y rumiaba, pensamientos sobre los que se afirmaba y definía a cada momento su ánimo.

Las emociones. Ésa era la clave. Las emociones le hacían sentir feliz o desgraciado. Las emociones marcaban su vida, dejando su reguero de pensamientos al pasar. Las emociones que él permitía le hacían sufrir, le hacían reir, le hacían vivir. El día que no sintió nada le enseño que las cosas sólo son cosas. Las cosas pasan, y cada persona tiene una interpretación de lo sucedido. Hay tantos mundos como seres. Las cosas suceden, es la vida, es el río. Y casi todas las personas piensan que son una isla. Casi todo el mundo se siente desconectado de lo que le rodea, y reacciona ante lo que va aconteciendo. Reacciona bien o mal, fenomenal o fatal. Reaccionamos. Y cada reacción produce un pequeño remolino en el alma, una pequeña cantidad de agua que se queda estancada, aislada del río.

Se estaba resistiendo a la corriente, a la vida. Se empeñaba en querer que las cosas fueran de una manera determinada. Si no lo eran, se entristecía. Si lo eran, se apegaba a ellas y empezaba a temer perderlas. Se empeñaba en querer escalar el pico por la cara más difícil. Se empeñaba en no tomarse las cosas como lo que son: cosas. Nada especial ni terrible. Cosas.

Mi vida es una senda, pensó. En esa senda encontraré amigos y enemigos, frivolidades y compromisos, aventuras y desventuras. Pero si dejo que mis emociones me manipulen, si dejo que mis sentimientos y pensamientos me dirijan hacia donde ellos quieren, jamás seré libre. Si ofrezco resistencia, encontraré resistencia. Si soy exigente, encontraré exigencia. Si me empeño en ser desgraciado, lo seré.

El día que no sintió le enseñó a darse cuenta de que sentía. El día que no sintió empezó a sentir de verdad.

Se acostó, con la sensación de que estaba llegando a algún sitio. Al día siguiente se levantó como siempre, se arregló y trabajó como siempre, descansó como siempre. Hizo lo de siempre.

Pero ese primer día del resto de su vida lo sintió como nunca. No más quejas. No más resistencia. No más tristeza.

Se acabó.


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