
- Creo que nos va a ir bien.
Se reclinó sobre la sábana, mientras miraba a la chica de los ojos profundos, que sonreía con sólo media sonrisa, soñolienta.
- Tenemos algo en común – siguió él-, hay algo, especial, algún vínculo que nos une. Quizá nos hayamos conocido o querido en otra vida, y este sentimiento es una manera de recordar. Nunca había sentido esto por nadie.
Ella se desperezó, y se incorporó. Tosió ligeramente.
- ¿Y no será que nos va bien en la cama, así de simple?
Él encendió un cigarrillo, dió una calada.
- A lo mejor fuimos pareja -dijo-, pero al revés, yo siendo mujer y tú hombre. O a lo mejor éramos hermanos. No creo que fuéramos padre o madre e hijo o hija. Con tus padres no sientes esto.
Ella resopló.
- ¿Porqué te empeñas en buscar vínculos misteriosos para justificar las cosas que pasan? Las cosas pasan, y ya está. Los sentimientos pasan, y nada más. No hay misterio. Es todo química.
- Pero no es posible que esta exaltación que siento, este bienestar que me invade sea tan sólo material. Algo sucede en el espíritu que te cambia, te transfigura.
- Anda, ¿que te estás enamorando de mí? Qué bonito. ¿A tus años?
Él la miró con dureza.
- ¿Porqué te burlas de mi? Yo aquí, con el corazón abierto, y tú pensando en desayunar.
- Hombre, pues mira -apuntó ella-, esa es la mejor idea que has tenido desde que te has despertado. Me voy a la cocina. ¿Quieres café? Sí, claro. Solo. Maaarchando.
Se levantó de un salto, se puso la bata y las zapatillas y se deslizó hacia la cocina, mientras iba canturreando una que sonaba mucho “.. tenía taaantooo, que daartee, tantas cooossas, que contaaarte…”.
Él se la quedó mirando, con la boca abierta. Cuando desapareció por el quicio de la puerta, se tumbó. Fumaba, y miraba al techo, desenfocando la vista. Pensaba que no importaba si era cosas de las meigas o de las moléculas. Lo importante es que estaban bien juntos. Y nada más.
Vaya, justo lo que decía ella.
- ¡Con dos de azúcar, please!
que bonita esa sensación verdad? Azucarada