Caos

2 12 2008

caos1

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Seguía intentando explicar al psiquiatra, con papel y lápiz, lo que estaba viendo. Soñaba con figuras imposibles, percepciones extrañas y fantasmagóricas, montañas rusas de geometría. La realidad se daba la vuelta de manera que la percepción “normal” de las cosas se alteraba. Las paredes tomaban ángulos imposibles, todo variaba su posición espacial y sus dimensiones aparentes. Cada cosa dejaba su atadura terrenal para interactuar con lo que le rodeaba, en una dimensión extra, de manera que era coherente con lo que solemos ver (y con los sentidos limitados a las dimensiones corrientes) y coherente con la nueva visión (puesto que sus sentidos funcionaban con el extra desconocido).

Durante esos ratos lo único que podía hacer era sentarse en el suelo, inerte, alucinando. No se atrevía a moverse. Las palabras que conseguía emitir estaban limitadas por su sentido del habla común, de manera que no lograban retratar lo que su “vista” estaba viendo. Esto era terriblemente limitativo, y se frustraba en la misma proporción.

No servía tampoco de nada intentar pintar lo que veía. Era imposible puesto que los útiles de dibujo estaban pensados para las dimensiones corrientes, de manera que lo que necesitaba era encontrar una herramienta que le permitiera “hacer sentir” a los demás lo que ella veía entonces. Imposible. Una máquina para hacer ver a los demás a través de nuestros ojos. Se asombró. Si alguien consiguiera costruir una y difundir su uso, las personas nos haríamos mucho menos daño, seríamos más empáticas.

El psiquiatra carraspeó. Este ataque duraba ya demasiado. Nunca sacaba nada en claro de sus sesiones con ella. Sólo desvaríos y una mirada perdida. Pero Miriam sabía que por mucho que carraspeara no lograría nada. El muy cretino se pensaba que era voluntario, que ella podía controlar cuando empezar y terminar. O incluso quizá pensara que era mentira, que todo era un cuento. Ya le gustaría. Miriam no controlaba las visiones. Las visiones la contralaban a ella. No serían reales para él, pero desde luego sí lo eran para ella, y vivía condicionada, cuando tenía ataque por su impuesta inmovilidad, cuando no lo tenía por su sufrimiento de saber que nos estamos perdiendo una parte de las cosas inasible, pero que, de poder controlarla, abriría el camino al espacio y el tiempo a las personas. Viajar por el tiempo, cuando quisieras. Ya. Para volverse loco. Precisamente, eso era. Para volverse loco.


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