Zeitgeist

3 05 2009

zeitgeistZeitgeist es un espectacular documental del 2007, de un señor de USA llamado Peter Joseph, realizado para su distribución por Internet, de esos que remueven tu conciencia y te hacen preguntarte si estamos locos o estamos locos o qué nos pasa. Aunque está centrado un poco sobre USA, por desgracia nos afecta a muchos.

No recuerdo que un documental me haya removido por dentro tanto como este en mi vida. Igual todo lo que cuenta en mentira, pero hay que fastidiarse lo tremendamente convincente que parece. Te hace replantearte muchas cosas que das por sentadas. De todas formas, si investigáis un poco veréis que está envuelto en cierta controversia, por lo que lo mejor es decir que cada uno lo vea y saque las conclusiones que quiera.

La segunda parte podría ser tildada como de un pelín paranoica, por lo que motivo de más para aparecer es este blog. Como que le pega.

Os dejo el enlace con subtítulos en español:

Zeitgeist -Official Release in Spanish (subtítulos en español) 

Como diría mi padre, es la leche.

Revolution is now.





Qué raro es vivir

19 04 2009

No se si os habéis dado cuenta, pero, vivir es muy raro.  Bueno, a lo mejor raro no es la palabra. Quizá sea más bien qué complicado.

Lo que ayer te seducía hoy te causa pavor. La creencia inalterable que tenías tirada por tierra por una frase oportuna. Lo difícil que es convivir con todo ese miedo, acechando, detrás de cada actuación. Lo que hoy resulta ser tan importante te aterraba ayer. El reencuentro con viejas constumbres que habías olvidado. Mil y un aguacero, y sigues creyendo que algún día dejará de llover. La increíble resistencia al cambio, a la vida. La lucha de cada jornada. La insistencia del querer olvidar, en lugar de seguir con lo siguiente, con lo que está por venir. Vivir cada momento en ese momento, sin tener la cabeza en otros momentos. Barrer la casa de vez en cuando. Mirar por la ventana cuando llueve. El calor de tu hogar, del sitio que es ya para siempre especial. Descubrir que un hijo de vuelve a enseñar. Aterrizar abollado, pero entero. Saber que voy a llegar. Saber que puedo. Acojonarme de cuando en cuando. Luchar contra la incesante sed, luchar contra el implacable deseo, notar que avanzas, que lo estás haciendo bien. Otra vez culpable. Otra vez en otra parte. Notar que vuelves, que estás para quedarte. Que ya nada va a conseguir que te tumbe, porque has crecido. Porque eres más fuerte. Porque no quieres volver a caer. Porque sabes que ya es suficiente. Demasiada mierda en la cabeza. Fuera. No queda nada más que lo que hay, lo que es.

Y, ¿sabes qué? No está tan mal.





El finde? De fábula

27 03 2009

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La hoja en blanco

7 03 2009

escribe

El futuro es una hoja en blanco.

Tu hoja será de papel grueso  o fino y satinado. Tendrás para escribir un lápiz del  Ikea, o quizás una pluma de marfil con punta de plata. La luz será la adecuada o no verás un pimiento. Las condiciones son las que son. Pero, el contenido…

Hay quien no quiere escribir. Quieren que escriban por ellos. Bueno, en realidad todos lo hacemos de vez en cuando, o casi todos, que los superhérores no abundan. Es fácil dejar que tu vida se escriba sola, o, más exactamente, que la escriban los demás. Los demás y tus propias creencias sobre lo que crees que tienes que hacer. Que tienes que hacer porque es lo que se espera. O porque no te atreves a hacerlo de otro modo. Es fácil engañarse, pensar que estamos escribiendo nuestra vida, cuando en realidad no somos nosotros los que estamos escribiendo, puesto que tenemos la muñeca presa por el miedo y el sentido del ridículo.

Hay quien quiere escribir, pero nunca acaba de encontrar el papel adecuado, o el color de tinta ideal. Algunos nos pasamos la vida haciendo pruebas de cómo será el resultado final, pero no empezamos de verdad nunca, porque las apariencias nos pueden, el qué pensarán nos pesa, la pereza se nos mete en los bolsillos y nos lastra la cabeza.

Algunos sí que escriben, y de corrido. Algunos no temen lo que opinarán los demás sobre lo que están redactando. Algunos, los menos, lo tienen claro, saben cual es su historia, y se dedican a desarrollarla, paso a paso, y suelen terminar con una buena novela entre las manos.

El futuro.

El futuro eres tú mismo proyectado en el tiempo hacia adelante. Eres cómo estarás (o más exactamente cómo te piensas que estarás) en un momento aún no vivido.

¿Y el pasado?

El pasado es una situación en la que tú estabas presente. Es un recuerdo de algo que has vivido, de tí mismo en otro momento.

Lo común es la conciencia del yo. El yo que se recuerda o se imagina a sí mismo. El tiempo es la comparación entre tu yo actual y tu yo pasado o futuro. Si eliminas el yo, desaparece el tiempo lineal. Sólo te queda el presente. Y escribir en la hoja de tu presente lo mejor que sepas, y disfrutar mientras lo haces, es la mejor medicina para el remordimiento y la preocupación.

Escribe en tu hoja en blanco. Escribe cada nuevo día una nueva página, y no pienses en lo mal que escribiste ayer, ni te preocupes de si lo que escribes hoy estará a la altura de lo que esperas de tí mismo mañana. Simplemente escribe, escribe, escribe. Intenta la pirueta en cada frase. La puntuación adecuada según tu estado de ánimo. La metáfora juguetona detrás de cada expresión. Diviértete. Y divierte a los demás. Si los que lean tu página diaria pueden pensar “se lo está pasando bien”, es que estás en el buen camino. Si, por el contrario, pasan página porque ésta ya la han visto, quizá tengas que renovar vocabulario, o mudar tu estilo, o romper esa hoja porque ya no tiene arreglo, y comenzar mañana otra vez, de otra manera, pensar antes de volver a hacer lo mismo, sentir la punta del lápiz deslizar por la superficie inmaculada.

El futuro es una hoja en blanco. El presente eres tú escribiendo ese futuro. Escríbelo. Tu futuro. Ahora.





The End

24 02 2009

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Empezó como un dedo de la mano que parecía que se dormía, sin sensibilidad, pero sin la sensación de hinchazón típica. Luego eso se fue. Al cabo del tiempo apareció de nuevo en un pie. Duró sólo unos días, pero fue muy molesto. Al no sentir nada del pie era como si no lo tuviera. Le costaba andar, porque tenía miedo de torcerse el tobillo al no sentirlo. De nuevo, desapareció. Un año más tarde le pasó con la mitad de la cara. La mitad izquierda de la cara se le quedó paralizada. No podía moverla ni sentía nada. Falta de vitaminas, estrés, decían. Esto tardó más en irse, y se fue poco a poco, sin hacer ruido.

Y un día… Un día se levantó de la cama. Todo parecía normal. No se sentía bien, pero tampoco mal. No le dolía nada (del cuerpo), pero no sabría decir cómo estaba de ánimo. Simplemente, no sentía. Todo parecía funcionar como siempre, pies, manos… Se miró al espejo. La cara bien también. No, su cuerpo parecía estar bien. Pero su alma…

No sentía las emociones. No tenía emociones. Se levantó, se duchó y se vistió como todos los días. Pero no le asaltaron los pensamientos de cansancio ante la rutina, la repetición, que hasta que se despertaba del todo no solían desaparecer. Al ir a trabajar no experimentó el habitual pequeño placer que experimentaba al conducir. Cuando se tomó el café no sintió el agradable líquido caliente pasando por su garganta. Al enfrascarse en su tarea tampoco le inundó ese ligero desánimo ante la perspectiva de todo el trabajo que quedaba por hacer ese día. Cuando habló con los compañeros de oficina tampoco notó la sempiterna ansiedad que marcaba casi todas sus relaciones sociales. Y así, con cada cosa, buena y mala, hasta que se acostó esa noche, con el terror en la boca del estómago. ¿Qué me está pasando?

Al día siguiente se levantó normal. Sentía emociones. Volvió a sentir el abatimiento del despertar. Volvió a sentir el café en la lengua. Volvió a sentir. Todo.

Esa noche, maravillado, en la semi-oscuridad del salón, pensó en la cantidad de emociones que sentía cada día. Pensó en que le solían pasar desapercibidas, que se dejaba embaucar por ellas. Se dió cuenta de que esas emociones le creaban pensamientos sobre los que rumiaba y rumiaba, pensamientos sobre los que se afirmaba y definía a cada momento su ánimo.

Las emociones. Ésa era la clave. Las emociones le hacían sentir feliz o desgraciado. Las emociones marcaban su vida, dejando su reguero de pensamientos al pasar. Las emociones que él permitía le hacían sufrir, le hacían reir, le hacían vivir. El día que no sintió nada le enseño que las cosas sólo son cosas. Las cosas pasan, y cada persona tiene una interpretación de lo sucedido. Hay tantos mundos como seres. Las cosas suceden, es la vida, es el río. Y casi todas las personas piensan que son una isla. Casi todo el mundo se siente desconectado de lo que le rodea, y reacciona ante lo que va aconteciendo. Reacciona bien o mal, fenomenal o fatal. Reaccionamos. Y cada reacción produce un pequeño remolino en el alma, una pequeña cantidad de agua que se queda estancada, aislada del río.

Se estaba resistiendo a la corriente, a la vida. Se empeñaba en querer que las cosas fueran de una manera determinada. Si no lo eran, se entristecía. Si lo eran, se apegaba a ellas y empezaba a temer perderlas. Se empeñaba en querer escalar el pico por la cara más difícil. Se empeñaba en no tomarse las cosas como lo que son: cosas. Nada especial ni terrible. Cosas.

Mi vida es una senda, pensó. En esa senda encontraré amigos y enemigos, frivolidades y compromisos, aventuras y desventuras. Pero si dejo que mis emociones me manipulen, si dejo que mis sentimientos y pensamientos me dirijan hacia donde ellos quieren, jamás seré libre. Si ofrezco resistencia, encontraré resistencia. Si soy exigente, encontraré exigencia. Si me empeño en ser desgraciado, lo seré.

El día que no sintió le enseñó a darse cuenta de que sentía. El día que no sintió empezó a sentir de verdad.

Se acostó, con la sensación de que estaba llegando a algún sitio. Al día siguiente se levantó como siempre, se arregló y trabajó como siempre, descansó como siempre. Hizo lo de siempre.

Pero ese primer día del resto de su vida lo sintió como nunca. No más quejas. No más resistencia. No más tristeza.

Se acabó.





La burbuja

11 02 2009

burbuja

Todos los días me digo lo mismo. Mañana lo dejo. Ya está bien de pasarlo mal todos los días. Ya está bien de machacarme, de nervios, de este estado crónico contínuo. Mañana dejo de castigarme, mañana.

Pero… al dia siguiente mis mismos miedos asoman de nuevo su fea narizota por la cabeza. Empiezas el día como todos, con prisas, con el reloj pegado al culo. Y claro, llegas al curro con prisas. Y ese estado parece que se convierte en el habitual: todo es urgente, todo es muy importante. Yo no se si la gente que trabaja en las oficinas se da cuenta de que casi todo lo que hay que hacer es importante. Importante para alguien, que puede ser tu jef@ porque su jef@ se lo está pidiendo para ayer o porque es así de nervios@, o el/la compañer@ que le corre prisa porque le están metiendo prisa (su jef@ seguramente). Y esto no te exime a tí, en absoluto. Tú estás metiendo prisa a los demás porque tu jef@ te lo pide. Y estás dentro del círculo, como todos los demás, el ejército de toda compañía moderna: el de arriba dice lo que tiene que hacer al de abajo, y así sucesivamente hasta llegar a quien no tiene nadie debajo (qué responsabilidad, la virgen). Te puedes pensar que lo tuyo es más urgente que lo de los demás. Mentira. Todo es urgente. Todo es para ayer. Te surgen tantas cosas que hacer que vas acumulando la lista de tareas, y al final sólo salen del todo las que son más urgentes. ¿Qué define el nivel de urgencia? Simplificando, lo que diga tu jef@. Y para él/ella es lo mismo. La cadena de mando, la maquinaria fundamental de cualquier empresa (con ánimo de lucro, se entiende).

La religión del mercado se instala más y más en nuestros corazones. Hay que consumir, y eso implica que hay que producir, ser productivos, lo máximo que podamos, para poder generar los beneficios necesarios que se necesitan para seguir consumiendo. Y si no se consume, se acabó el tinglado. Vivimos en un modo de vida que consiste, económicamente hablando, en producir lo máximo que podamos (en la forma de la plusvalía, incremento de productividad, ahorro de costes e ingresos adicionales) y en consumir lo necesario para que tengamos que seguir enganchados en la noria. En la noria donde los que empujan son personas, no mulas de carga. En la noria que se parará si la gente deja de consumir, y por tanto, de tener que producir, tanto, tanto y tanto. Día tras día. Todos los días. Toda la vida!

¿… toda la vida? A lo mejor he hablado muy rápido. Si hay crisis, la gente consume menos. Si se consume menos, no hará falta producir tanto. Si no hace falta producir tanto, a lo mejor vivimos un poco más tranquilos (después de que toquemos fondo). Si vivimos un poco más tranquilos, a lo mejor somos un poco más felices.

Sí, parece muy simple. Bueno, ni tanto ni tan poco.

Feliz crisis.





Feisbuk

6 02 2009

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He descubierto que estoy obsoleto. El blog es un concepto oscuro e intimista, algo del pasado. ¿Quién lee los blogs de nadie, si puede estar en Facebook, chateando con amigos del colegio a los que hacía veinte años que no veía, disfrutando con las incipientes (o declaradas) calvas que adornan algunas de las, en otro momento, frondosas cabezas?

¿Quien necesita perderse entre los experimentos verbales de nadie, si puede estar en Facebook, adornando mi muro o dejando comentarios en los de los demás, jugando, relacionándome, entreteniéndome? Puedo colgar las fotografías que me gustan, vídeos de fiestas memorables, cotillear, navegar por centenares de caras y de experiencias, y de recuerdos, apuntarme a clubs de las cosas más inverosímiles, compartir mi vida, coleccionar amigos.

Es como lo que se hacía antes: nos íbamos a la plaza del pueblo y hablábamos, unos con otros, con quien hubiera. Comentábamos nuestra vida con los demás pero sin la premura de que hay que volver a trabajar, o de que llego tarde, o que me va a pillar el atasco. Salíamos de casa. Nos sentábamos bajo el olmo. Alguien venía, y te contaba lo que se le ocurría, y tú le contabas pues eso, lo que se te ocurría, alguien más venía, se sacaba una baraja, venga, unas partidas, y no teníamos prisa, porque no existía el tirano de las manecillas.

Antes de que hubiera televisión, antes de que existiera Internet o autopistas, de cemento o electrónicas. Hablábamos con nuestros vecinos, con la gente que nos encontrábamos por la calle, con el panadero, con los viejecillos sentados al sol, con la gente.

Pero ahora es muy difícil. Hay muy poco tiempo, y muchas cosas que hacer. Además somos muchos, y todos con prisa. Vivimos mil donde antes vivían quince, y llegamos tarde (o apuradillos) a todas partes, una hora para llegar a trabajar, una hora para comer, una hora de vuelta, una hora para hacer esto, y para lo otro, y una hora de acostarnos, y de levantarnos, que si no llegamos tarde… ¿Lo había dicho ya?

¿Qué hacía la gente cuando no existía el reloj? ¿Qué hacía la gente cuando el tiempo se medía por si el sol estaba muy alto, o estaba anocheciendo, o la luna brillaba rompiendo el cielo nocturno? ¿Qué hacía la gente cuando no teníamos tanta prisa, cuando perder el tiempo no era un lujo ni un desperdicio, si no una manera legítima de vivir?

Facebook es un gran invento. Es la red social cibernética. Es el futuro, que se nos ha hecho presente sin darnos cuenta. Es la manera que tenemos ahora de relacionarnos con los demás todo lo que nos gustaría, puesto que no hay otra manera. Facebook sale por la tele, ya no es raro el que está en Facebook, si no el que no está. Es tema de conversación en la oficina, es el invento del siglo.

Pero, ¿y tú todavía no estás? Qué raro eres…





Ser padre

6 01 2009

serpadre Sabes que eres padre cuando:

- en invierno, te vas encontrando clinex con mocos ajenos por los bolsillos de los abrigos

- en cualquier época del año, te encuentras por los bolsillos plastidecores, cartas de Pulgarcito, cachos de galletas…

- llevas en la guantera del coche un chupete “de emergencia”

- te sabes de memoria al menos cinco canciones infantiles que hace unos años ni sabías que existían

- tu “top ten” de descargas de internet está copado ahora por dibujos animados

- tu salón parece una juguetería por la que ha pasado un huracán furioso (la mayor parte del tiempo)

- un cochecito de niños aparca habitualmente en tu pasillo, en batería

- ya no te acuerdas de lo que es despertarse tarde las mañanas de los fines de semana… bueno, ni ninguna mañana

- redescubres lo buenos que están los peti suis

- te gustaría ponerle un altar al inventor del pañal desechable, del CHUPETE (mejor invento que la Coca-Cola), del babero impermeable, de las croquetas… ah, y una vela a Walt Disney, que estás en los cielos

- te das cuenta de que babeas mucho más que antes, y por otros motivos

- cada vez que sales de casa por un par de días parece, por lo abultado del equipaje y accesorios, que te vas por un par de meses

- te sorprendes de la cantidad de muecas y ruidos extraños que eres capaz de hacer

- la hora del baño significa exactamente eso: la “hora” del baño

- descubres la enorme importancia del contacto físico y del cariño

- le encuentras la gracia a alguna de las cosas dichas ;)

Os deseo que tengáis un magnífico año 2009, de corazón, lleno de alegría, buen rollo y buena fortuna.

Un beso a tod@s.





Con dos de azúcar

18 12 2008

azucar

- Creo que nos va a ir bien.

Se reclinó sobre la sábana, mientras miraba a la chica de los ojos profundos, que sonreía con sólo media sonrisa, soñolienta.

- Tenemos algo en común – siguió él-, hay algo, especial, algún vínculo que nos une. Quizá nos hayamos conocido o querido en otra vida, y este sentimiento es una manera de recordar. Nunca había sentido esto por nadie.

Ella se desperezó, y se incorporó. Tosió ligeramente.

- ¿Y no será que nos va bien en la cama, así de simple?

Él encendió un cigarrillo, dió una calada.

- A lo mejor fuimos pareja -dijo-, pero al revés, yo siendo mujer y tú hombre. O a lo mejor éramos hermanos. No creo que fuéramos padre o madre e hijo o hija. Con tus padres no sientes esto.

Ella resopló.

- ¿Porqué te empeñas en buscar vínculos misteriosos para justificar las cosas que pasan? Las cosas pasan, y ya está. Los sentimientos pasan, y nada más. No hay misterio. Es todo química.

- Pero no es posible que esta exaltación que siento, este bienestar que me invade sea tan sólo material. Algo sucede en el espíritu que te cambia, te transfigura.

- Anda, ¿que te estás enamorando de mí? Qué bonito. ¿A tus años?

Él la miró con dureza.

- ¿Porqué te burlas de mi? Yo aquí, con el corazón abierto, y tú pensando en desayunar.

- Hombre, pues mira -apuntó ella-, esa es la mejor idea que has tenido desde que te has despertado. Me voy a la cocina. ¿Quieres café? Sí, claro. Solo. Maaarchando.

Se levantó de un salto, se puso la bata y las zapatillas y se deslizó hacia la cocina, mientras iba canturreando una que sonaba mucho “.. tenía taaantooo, que daartee, tantas cooossas, que contaaarte…”.

Él se la quedó mirando, con la boca abierta. Cuando desapareció por el quicio de la puerta, se tumbó. Fumaba, y miraba al techo, desenfocando la vista. Pensaba que no importaba si era cosas de las meigas o de las moléculas. Lo importante es que estaban bien juntos. Y nada más.

Vaya, justo lo que decía ella.

- ¡Con dos de azúcar, please!





Caos

2 12 2008

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Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Seguía intentando explicar al psiquiatra, con papel y lápiz, lo que estaba viendo. Soñaba con figuras imposibles, percepciones extrañas y fantasmagóricas, montañas rusas de geometría. La realidad se daba la vuelta de manera que la percepción “normal” de las cosas se alteraba. Las paredes tomaban ángulos imposibles, todo variaba su posición espacial y sus dimensiones aparentes. Cada cosa dejaba su atadura terrenal para interactuar con lo que le rodeaba, en una dimensión extra, de manera que era coherente con lo que solemos ver (y con los sentidos limitados a las dimensiones corrientes) y coherente con la nueva visión (puesto que sus sentidos funcionaban con el extra desconocido).

Durante esos ratos lo único que podía hacer era sentarse en el suelo, inerte, alucinando. No se atrevía a moverse. Las palabras que conseguía emitir estaban limitadas por su sentido del habla común, de manera que no lograban retratar lo que su “vista” estaba viendo. Esto era terriblemente limitativo, y se frustraba en la misma proporción.

No servía tampoco de nada intentar pintar lo que veía. Era imposible puesto que los útiles de dibujo estaban pensados para las dimensiones corrientes, de manera que lo que necesitaba era encontrar una herramienta que le permitiera “hacer sentir” a los demás lo que ella veía entonces. Imposible. Una máquina para hacer ver a los demás a través de nuestros ojos. Se asombró. Si alguien consiguiera costruir una y difundir su uso, las personas nos haríamos mucho menos daño, seríamos más empáticas.

El psiquiatra carraspeó. Este ataque duraba ya demasiado. Nunca sacaba nada en claro de sus sesiones con ella. Sólo desvaríos y una mirada perdida. Pero Miriam sabía que por mucho que carraspeara no lograría nada. El muy cretino se pensaba que era voluntario, que ella podía controlar cuando empezar y terminar. O incluso quizá pensara que era mentira, que todo era un cuento. Ya le gustaría. Miriam no controlaba las visiones. Las visiones la contralaban a ella. No serían reales para él, pero desde luego sí lo eran para ella, y vivía condicionada, cuando tenía ataque por su impuesta inmovilidad, cuando no lo tenía por su sufrimiento de saber que nos estamos perdiendo una parte de las cosas inasible, pero que, de poder controlarla, abriría el camino al espacio y el tiempo a las personas. Viajar por el tiempo, cuando quisieras. Ya. Para volverse loco. Precisamente, eso era. Para volverse loco.