Estoy escribiendo. Hago como que escribo. Pienso las siguientes palabras, que son transmitidas a la pantalla mediante los dedos, que, obedientes, siguen la voz del cerebro.
¿Acaso no somos sino eso? Pensamientos, ilusiones. Nuestra vida se compone de algo que no tiene materia. Nuestra vida se compone de pensamientos. Llenan nuestro tiempo, agotan nuestro espacio. Inundan hasta el más mínimo resquicio de vigilia. Nos gobiernan. Nos vigilan…
No hay gran hermano. No hay gran inquisidor de nuestros actos, no hay un ente super poderoso y super conocedor que nos sigue, paso tras paso, error tras error, acierto tras acierto. Solo hay paranoia.
La verdad, la terrible e inexpresable verdad, es que estamos solos. Solos con nuestros pensamientos, con esa cabecita que bulle y bulle sin cesar, todo el santo día. Solos con mil voces que nunca se callan, con mil debería hacer esto, si no hago esto madre la que se monta. Pero la cruda realidad es que la realidad, y perdónenme por la redundancia, sólo está compuesta de nuestros actos.
Da igual lo que pensaste, el Universo no es receptivo a buenas intenciones. Lo único que queda, que deja una estela al paso, lo único que causa un efecto son tus acciones.
Cuídate de bellos y nobles pensamientos. Cuídate de razones válidas para un santo. Si tus acciones no son acordes a tus pensamientos, tus pensamientos no valdrán nada, no servirán para nada. Nadie va a registrar jamás esos pensamientos que nunca se convirtieron en palabras. Ningún genio estará al tanto de tu último pensamiento noble y hermoso. Si tus pensamientos no se convierten en acción, en pasión, en emoción, en movimiento, no causarán ningún efecto.
No hay magia. No hay truco que trueque los pensamientos en dinero. Lo único que posees es la decisión, la elección de que tus pensamientos se evadan de la estrecha carcel de tu mente.
Exprésate. Se tú mismo, no encontrarás mejor negocio. Arriésgate, experimenta el miedo, lo nuevo, lo desconocido, crece. No te dejes arrastrar por la corriente de tu pensamiento corriente. Eso es lo de todos los días. Eso es la rutina. Y en la rutina no hay crecimiento, salvo el cultivo de la paciencia. Y para el cultivo de eso siempre tendrás tiempo al final de la vida.
Causa. Efecto. Matrix. Dios. El día que te das cuenta, estás jodido. Al final, de todo lo que elucubramos, calculamos, razonamos, intuimos, no queda sino lo que se convirtió en decisión, lo que se convirtió en acción, aquí y ahora. No hay sino el presente. Pero nos gusta enredarnos en el qué fué y el que será, que no son sino imaginaciones del presente en un tiempo que no existe, el existió o el existirá. Mentira, todo mentira. Sólo tienes este segundo, este momento y lo que decidas hacer con él. El resto es apareciencia, es fachada, es perder el tiempo, es dárselas de metafísico en un mundo en el que la metafísica hace tiempo que huele a rancio. Sólo tienes el presente.
El día que lo comprendes, empieza la lucha. Entre el presente que es lo único que tienes y el pasado ficticio (porque siempre es una interpretación, nuestra interpretación) y el futuro engañoso (¿hay algo más engañoso que los propios deseos?). ¿Quien quiere adivinar el futuro? ¿Quien quiere saber el día que morirá?
Lo que tenga que ser, será. Lo que tenga que haber sido, habrá sido. Lo que es, es, y es lo único real. Y el que no lo vea todavía tiene mucho que caminar. Mucha suerte, amigos y amigas. Mucha suerte, desde la lucha del presente, en mi cabeza, en mi presente, en mis amigos y enemigos.
Dicen que…